jueves, 28 de febrero de 2008

2.

Una gran pila de curiosos se agolpaba sobre el cristal azulado de Rabanasta. Al parecer, los jueces acababan de ejercer un arresto, una joven que venía herida del desierto, y todo el mundo quería ver que ocurría, incluso los pequeños de la ciudad.

Monique no era una de esas personas. Monique Draconheim prefería seguir con su vida, sin molestarse lo más mínimo en esas nimiedades; por algo ella era la grandiosa líder del clan “Cacciatore Légender”, un clan que no admitía a nadie que no mereciera la pena. Casi todos aquellos que ingresaban en el clan era por alguna actividad delictiva de gran renombre.

La joven, de aproximadamente 19 años, se dirigía desde el interior del desierto hasta la tienda de magias portando dos grandes pieles de lobo bastante abultadas. A pesar de su delgadez, llevaba el enorme bulto con gran facilidad, como si debajo de aquella suave piel bronceada por el sol se encontrara una fuerza equivalente a la que poseían los más rudos hombres de las tribus salvajes. Con suavidad, depositó la mercancía en el suelo y entró con suavidad en la tienda.
La tienda no dejaba mucho lugar a la imaginación: la poca iluminación que había en el recinto procedía de unas velas, situadas en dos columnas que sostenían la estructura, y de la intensa luz solar que se acumulaba cuando la puerta se abría. Por el aire, flotaba un intenso polvo que cubría grandes frascos, pergaminos y estanterías, y le daba un aspecto descuidado y envejecido al lugar; además, el desdentado y calvo tendero hume que atendía al mostrador no ayudaba a mejorar la situación:

- Te traigo lo que me pediste, viejo – dijo Monique, con voz cansada y aburrida, elevando el bulto cubierto con piel de lobo. Levantando los pelajes, dejó a la vista un enorme colmillo ensangrentado procedente de una bestia de colosales proporciones.
- ¡Ah, muy bien! Un colmillo de Clisosaurio en perfectas condiciones… ¿Se lo arrancaste mientras agonizaba? Es lo único qué podría explicar esta sangre en la zona superior del diente.
- Basta de charla, dame lo mío ahora.

Con estas palabras, se acabó la conversación. Arrancando un pequeño y sucio pergamino de la esquelética mano del vendedor, Monique se marchó dando un sonoro portazo que levantó una gran nube de suciedad sobre la estancia, mientras el anciano se regodeaba con el gigantesco diente de reptil.
La muchacha no se movió de la puerta durante un momento, durante el cual estuvo mirando las nubes que sobrevolaban la capital dalmasquina. Guardó su preciado tesoro recién adquirido, y se puso a correr por la ciudad para llegar cuanto antes a su pequeño hogar, situado muy cerca del bazar. Era una pequeña casa unifamiliar, de varios pisos, muy rica en detalles y pequeñas estatuillas y gárgolas que adornaban el exterior de la mansión. La puerta estaba construida con madera resistente, pero cubierta con láminas de hierro para soportar aun más la presión de los posibles golpes.

Monique entró rápido, y cerró la puerta dando tres vueltas de llave. Se desvistió, y subió por las escaleras hasta un pequeño baño del primer piso: una pequeña piscina excavada en el suelo del piso hacía las veces de bañera, rodeada por varios grifos dorados. En una esquina del cuarto, un biombo rojo y negro escondía un pequeño taburete y un perchero. A su izquierda, un enorme espejo en posición vertical permitía a la joven vislumbrar su cuerpo; junto a este se encontraba una plateada barra con varias toallas blancas.
Monique se sumergió en el agua, que pronto se cubrió de espuma debido a los numerosos jabones que se deshacían por el calor. A ella no le gustaba mucho ver su cuerpo desnudo; le avergonzaba, como si alguien invisible pudiera estar observándola, y por ello siempre trataba de taparse, ya fuera con ropa o con la espuma de la bañera. Aunque sabía que necesitaba desvestirse para poder limpiarse bien.

Saliendo del baño, cogió una toalla y se cubrió bien el cuerpo. Después, se observó en el espejo que tenía frente a ella:

Era una muchacha bastante guapa, de larga melena lisa y de color muy claro. Tenía un aspecto de unos 19 años, aunque bastante desarrollado. Su piel estaba bastante bronceada por el sol del desierto, aunque era lisa y suave, y sus brazos y piernas eran largos y esbeltos. Sus pechos eran redondos, y objeto de numerosas miradas e improperios de personas que habían bebido más de la cuenta, que posteriormente habrían recibido su merecido a manos de la misma persona a la que dirigían su atención. Monique no soportaba a la gente que la veía como una débil chica que no podía valerse por sí misma, y solo valía para ser exhibida como un trofeo, cuidar y dar placer a un esposo y ser madre responsable de unos hijos. Monique prefería una vida de aventuras, una vida salvaje, alejada de todas aquellas cosas que las chicas bonitas y finas de la ciudad siempre deseaban.

Vistiéndose con un elegante traje de color azul celeste de dos piezas, se engalanó con unas hombreras férreas, unas altas botas de cuero y unos guantes de malla. Después, cogió su espada, la situó en su funda de cuero a la espalda y se dispuso a salir de casa. Pero antes de ello, reparó en el pequeño trozo de papel que reposaba sobre el suelo, y lo recogió para guardarlo en su generoso escote. Cualquiera que mirara allí encontraría una pequeñita sorpresa; así le gustaba ser a ella: poderosamente seductora pero letal igualmente. Todo aquel que quisiera jugar con ella, debía atenerse a sus reglas.

Monique salió a la calle, y se dirigió al moguportador para que este le llevara a la taberna Oasis, donde le esperaba un pequeño grupo de cinco personas cubiertas por túnicas de color arenoso, sentados alrededor de una mesa en el rincón más alejado y oscuro del lugar. Aquellas figuras encapuchadas poseían diversas envergaduras, tamaños e incluso formas, pero todas parecieron sobrecogerse cuando Monique se sentó junto a ellos y comenzó a hablar:

- Caballeros, – Anunció la joven con voz firme y divertida- creo que va siendo hora de visitar la prisión del Imperio arcadiano. Ya va siendo hora de sacar a un “pajarillo” de su “jaula”, y unirle a nosotros.

Inmediatamente, comenzó a reírse.

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